RÍO DE COCHAMÓ

Juan hoy se ha levantado tarde, más tarde que nunca, ya que se quedó hasta pasado la medianoche leyendo, releyendo y contemplando las primeras recibidas desde Chile. Por suerte no tenía muchos deberes para ese día, así que pudo seguir vibrando con el viaje de Ema durante lo que quedaba de mañana. Ya había pasado un mes desde que se despidieron y Juan esperaba con ansias que llegara alguno de esos extraños paquetes enviados desde tierras lejanas.

Dentro del sobre había recortes de revistas y guías, mapas, fotos, tickets de tren y textos escritos por Ema en distintas fechas de su viaje. Juan nunca esperó recibir algo así, tan desordenado y fascinante a la vez, era como un puzzle de historias. Hasta el sobre tenía dibujos y pedazos de papel pegados

Lejos de ahí, en el sur de Chile, Ema seguía recorriendo los rincones más escondidos, explorando una hermosa zona poblada de añosos árboles, volcanes, ríos y lagos. Ema conoció lugares de exuberante naturaleza, avanzando lentamente, haciendo pequeñas paradas hasta que llegó a Cochamó, un pequeño pueblo ubicado a orillas del estuario del Reloncaví, provincia de Llanquihue. La mañana que Ema llegó, llovía intermitentemente, el aire olía a leña y tierra mojada, todo el pueblo se podía observar desde la parte más alta hasta el mar, que desde lo alto parecía un tranquilo lago. El cielo se abría entre las montañas y se poblaba de aves de gran tamaño, bandurrias, jotes, queltehues, todo un mapa de rutas aéreas. Bajó del bus, tomó su mochila y se puso a caminar bajando por calle Catedral observando con atención y buscando un lugar para comer. Las casas coloridas y escamadas con muros de tejuela despedían fumarolas que hablaban de toda una vida familiar interna construida alrededor de la cocina. Los antejardines, llenos de flores, gatos dormilones, y uno que otro perro de patas embarradas, describían un mundo diferente, lleno de magia.

En este pequeño y extraño pueblo inclinado hacia el mar, le llamó la atención una casa desteñida que tenía un letrero que decía “empanadas”, entonces Ema recordó que su estómago estaba vacío desde muy temprano y tocó la puerta. Tardó en abrir un señor bajito, de aspecto severo, cejas juntas y ojos grandes color de onyx verde:
—¡Ramón Jacinto Barrientos Huenchucheo, a sus órdenes! — fue el extraño saludo de este caballero — pero me dicen “Moncho”.
—Hola, me llamo Ema, ¿tiene empanadas?
—No, no tengo empanadas preparadas, ¿de dónde viene? Pase, tengo cazuela de pava. Hay bilz o agüita sola, también, si quiere, chicha de manzana.
Ema no se pudo resistir a una cazuela de pava caliente esa húmeda mañana y entró en la casa. Moncho la hizo pasar directo al lugar en que estaba la cocina a leña, donde la ropa del lavado se secaba al calor del fuego. Entonces entró una señora de la misma estatura que Moncho y saludó a Ema con una sonrisa:
—¡Buenos días, mijita! ¿Va a almorzar? — Preguntó la señora
—Ella es Marta, mi esposa— dijo Moncho presentándola con un fuerte abrazo — La joven se llama Ema y viene de… ¿de dónde dijo que venía la señorita?
—Ahora vengo de Argentina, pero ya llevo unas semanas recorriendo Chile — contestó Ema.
—Y ¿qué te trae a Cochamó? — preguntó Marta con curiosidad.
—La verdad no sé, no conocía nada de este lugar, pero me atrae la gente, la naturaleza... me dijeron que más arriba, hacia la cordillera hay una zona hermosa llamada La Junta, con montañas calvas y bosques, me contaron que hay un río también.
—Un río que habla— interrumpió Marta.
—No empieces — respondió Moncho algo molesto.
—¿Cómo un río que habla? ¿El agua habla? — preguntó Ema con cierta ironía.
—No es el agua, es el río — Marta hizo una pausa mientras le servía el plato de cazuela y luego comenzó a contarle:
—El río que llega a Cochamó proviene de altas lagunas situadas en la cordillera, en su trayecto se une a otros ríos, cada uno trae su historia, sus paisajes cada uno con su propia memoria y cuando un río se junta con otro se ponen a conversar. El río no es sólo agua, es su trayectoria, su ecosistema, su ciclo y su sonido. Si fuera sólo el agua no podríamos hablar del “río”, porque siempre trae agua nueva y se va. El agua que ayer vi en el río ya está en el mar, ya no es río. Sin embargo, el río siempre está ahí y habla y canta, es un gran maestro ¡ponle atención!

Cuando Marta contaba esto Ema, recordó lo que decía Luis, el papá de Juan en Sierra Embrujada: “La naturaleza tiene cosas guardadas, pero no hablan de la misma manera que las personas”. Entonces la curiosidad de Ema creció y se hizo más intensa que el hambre que sentía:
—Señora, y ¿cómo puedo entender lo que el río dice?
—¡Ah! Si miras un río y escuchas su sonido lo interpretarás como un río ruidoso, pero si no lo ves y sólo lo escuchas, tendrás un murmullo, olvidarás el agua y te quedarás con su sonido, con su voz. Respondió Marta abriendo sus grandes ojos.
—¿Y cómo hago para no verlo? Si cierro los ojos igual sabré que el río está ahí.
—Son varias horas de caminata en subida por la ladera del río hasta llegar al refugio— prosiguió Marta—. No necesitarás cerrar los ojos, al contrario, debes tenerlos bien abiertos para saber dónde pisar correctamente. Subirás junto al río, pero no lo podrás ver, hay tanta vegetación que sólo escucharás el murmullo del agua en su descenso desde la cordillera hasta el estuario. Sólo te acompañará su sonido… y el de las aves. Marta hizo una pausa, miró el plato de Ema lleno, y terminó diciendo: — ¡Sírvase la cazuela poh! ¡Que se le enfría!
—¡Quiero conocer ese río! — concluyó Ema y se puso a comer.

De alguna forma, Ema sentía que su viaje empezaba a tener un sentido más trascendente y que los eventos comenzaban a encadenarse en una sola historia. Marta y Moncho disfrutaron compartiendo historias, describiendo el lugar mientras Ema almorzaba. El matrimonio había llegado a Cochamó hace 20 años, anteriormente vivían en Terao, un pequeño pueblo en la isla de Chiloé, desde donde traían toda su cultura y sabiduría huilliche. Al establecerse en Cochamó trabajaron en un pequeño astillero ayudando a construir barcazas y lanchones para los pescadores y transportistas que abastecían esas remotas tierras del estuario del Reloncaví. El matrimonio disfrutaba mucho contando sus historias a Ema, y ella los escuchaba como quien viajara y viviera con ellos todas sus peripecias.
Mientras la conversación proseguía dentro de esa cálida cocina llena de aromas y alegres colores, afuera el cielo comenzaba lentamente a oscurecerse con espesas nubes y un viento travieso empezó a despeinar las copas de los árboles y a cantar ráfagas con fuerza inquietante. No tardó en caer el primer aguacero cuando Ema y sus anfitriones se asomaron a la ventana para ver cómo techos y letreros bailaban al son de la ventolera y las calles inclinadas de Cochamó se transformaban en ríos.
—Señorita, parece que mañana tendrá que quedarse acá— advirtió Moncho—El camino va a estar difícil si sigue lloviendo y la parte más alta va a ser puro barro.
—Sí, mijita, quédese acá con nosotros. Tenemos una pieza para usted.
—¡Gracias amigos! Feliz de pasar la noche acá, sólo me preguntaba, ¿qué estará diciendo el río ahora que llueve tan fuerte?
—Ahora debe estar feliz recibiendo el aguacero, el río está conversando con el cielo— contestó Marta abriendo sus grandes ojos.
El día oscureció temprano por la lluvia y a las ocho de la tarde ya estaban todos bostezando. De pronto Ema sintió deseos de contar todo esto a Juan, de escribirle una carta - ¡qué ganas de haber venido con él! – pensó.
—Nos va a perdonar, señorita, pero acá nos levantamos antes que las gallinas. Así que “buenas noches los pastores”, nos vamos a dormir… — Moncho inició bruscamente la despedida.
—No se preocupen, yo estoy cansada también — dijo Ema con una sonrisa que se transformó en bostezo.
Así, rápidamente la cocina quedó a oscuras, cada uno partió a su pieza y Ema tuvo su momento de intimidad con la memoria y la imaginación. Entró en su dormitorio, que estaba en la mansarda de la casa y se acostó en la cama descalza. Abrió su mochila y empezó a sacar cuadernos, mapas y cinta adhesiva. Se tapó los pies con una gran frazada de lana y comenzó a escribir:

...El pueblo se llama Cochamó, y son unas pocas calles en pendiente hacia una entrada de mar que se llama Estuario del Reloncaví. El entorno es montañoso, lleno de viejos árboles que llenan de verde las cubres. Mañana quería iniciar una larga caminata hacia un sector en la Cordillera de los Andes que se llama La Junta, pero el clima no me ha acompañado y tendré que esperar al menos un día. Pero no importa, el destino ha hecho que llegue a una casa con gente maravillosa, dos personas muy sabias habitan este lugar y me han contado cosas asombrosas que me han hecho pensar mucho en nuestro episodio en el bosque de tabaquillos con Luciana. ¿Cierto que fue mágico? Algo me dice que la naturaleza dialoga permanentemente con nosotros y apenas sabemos escucharla.
Seguiré escribiendo esta carta en la medida que vaya conociendo mejor este lugar y entienda mejor esta conexión que empiezo a sentir. Mañana te contaré de un río… Un río que habla!"

Las casas de Cochamó se iluminaron temprano en la mañana con intensos destellos de luz traspasando gruesos nubarrones, dibujando ocasionales arco iris en el cielo y tiñendo el bosque de sombras y brillos. Ema contemplaba el espectáculo emocionada desde su ventana. Desde pequeña adquirió el hábito de despertar apenas saliera el sol y quedarse un rato contemplando y reflexionando antes de comenzar el día. Pero dentro de la familia que la hospedaba ya era tarde, Marta y Moncho hacía dos horas que estaban despiertos trabajando, cocinando, ordenando materiales para llevar al astillero, limpiando la casa y despejando el desorden que había dejado la lluvia y el viento en la bodega.

 Nuevamente los aromas, esta vez pan amasado y café, llegaron a la habitación de Ema estimulando sus ganas de bajar a encontrarse con sus nuevos amigos en la cocina. Ahí estaba Moncho sacando panes del horno:
—¡Buenos días, Ema! ¿Cómo durmió? ¿Pasó frío?
—¡Hola Moncho! nada de frío, sólo un poco en la mañana, pero acá está rico.
—Creo que hoy estás de suerte, tendrás un día maravilloso para recorrer el pueblo y sus alrededores. Ni sueñes con subir hoy a La Junta, el camino está cerrado por la lluvia de anoche. La buena noticia es que mañana subiremos contigo, nos han encargado llevar abastecimiento al refugio de los escaladores. Verduras varias y treinta empanadas. No sé cómo podremos llevarlas a pie, no me gusta subir a caballo porque se erosiona mucho el camino. ¿quieres desayunar?
—¡Yo les ayudaré a llevar las vituallas! ¡Me hará muy feliz subir con ustedes!
—¿Segura? —respondió Moncho— El camino es difícil, hay que cruzar ríos caminando, puentes colgantes, troncos y mucho, mucho barro en los pies.
—¡Segura! — afirmó Ema— y sí, me encantaría desayunar y probar este pancito recién hecho. ¡Gracias!
Salir a la calle esa mañana fue una delicia para Ema, todo estaba perfumado de lluvia y madera. El mar en el estuario se veía vivo, como un gran animal estirándose, a punto de despertar. El sol salía y se escondía tras los nubarrones sueltos, los colores cambiaban de un segundo a otro y fumarolas coquetas en cada chimenea se levantaban hacia el cielo.

Ema salió de la Iglesia algo desilusionada por la conversación con el sacristán y se fue caminando a paso rápido por calle Catedral hasta la casa de Marta y Moncho. Al llegar, cruzó la puerta y se fue directo a su pieza a escribir a Juan.
Era extraña la sensación que invadía a Ema cuando escribía a Juan, cada carta era como un refugio acogedor, un mundo inventado por ella con recortes y hojas de árboles prensadas. El sólo hecho de escribirle era abrir una vía de escape hacia un diálogo lleno de confianza. En ese momento Ema agradeció tenerlo cerca, aunque lejos, y le dieron muchas ganas de verlo de nuevo. En algún momento volvería a Argentina, y llevaría un cargamento infinito de regalos, memorias y experiencias. La imagen de cada lugar en un relato.
La casa estaba fría, no había nadie para encender la cocina a leña y ella no sabía cómo funcionaba esa enorme estufa, así que fue a su pieza a escribir y se envolvió en la gran frazada de lana. Tomó su lápiz y continuó la carta:

"Hoy caminé mucho por Cochamó, llegué hasta la desembocadura del río, donde se reúne el agua de los glaciares con el agua del estuario. De verdad, es como un gran abrazo que se dan el agua dulce, de la montaña con el agua salada, que entra desde el Océano Pacífico. Imaginé que iba a ser más ruidoso, quería escuchar ese diálogo de aguas, pero casi no se escuchaba, era tan silencioso, el río se escurría en pequeños afluentes hasta llegar al mar.
Luego caminé por las partes altas del pueblo, donde están las mejores vistas de este lugar. Mi día terminó en la iglesia que está cerca del mar, una antigua construcción de madera en donde conocí a su cuidador con quien tuve una interesante conversación. A través de sus palabras me di cuenta que alguien puede sentir el llamado de la naturaleza y comprender sus gestos a través de una contemplación profunda, pero también puede sentir temor y huir de ella, hacerse el sordo con sus voces, hacerse el ciego con sus visiones. Recordé esa frase de uno de mis libros favoritos, El Principito, que dice “Lo esencial es invisible a los ojos”.
Mañana parto a La Junta, se vienen nuevas historias. Continuará…

Esa noche sí había empanadas en la casa de Marta y Ramón. La cena estuvo llena de emoción por la travesía que estaba por venir, comieron felices hablando de botánica, compartiendo una por una las especies de árbol nativo que se encontrarían en el camino, Coigües, Ñirres, Mañíos, Ulmos, Alerces, Lengas, Arrayanes y Lumas.

—¿Acá existen los Tabaquillos? —preguntó Ema intuyendo cual sería la respuesta.
—¿Tabaquillos? —preguntó Moncho—yo hace años que dejé de fumar.
—No me refiero al tabaco para fumar, es un árbol que conocí en Argentina, cerca de Córdoba, se llama Tabaquillo.
—No creo que existan en esta zona, el clima es muy diferente al de allá —contestó Marta mientras ofrecía empanadas — Cada zona tiene su propia flora y fauna, bueno, mientras no intervenga tanto el ser humano.

Ema sintió nostalgia de Juan, del paisaje de Sierra Embrujada y de su experiencia juntos en el bosque de Tabaquillos. Quería enviarle pronto su carta, pero faltaba algo, aun Ema esperaba escuchar ese misterioso río y quería compartirlo en su carta con Juan. Los ojos se le cerraban de sueño, ya habría tiempo para escribir, esa noche había que descansar.
Muy temprano en la madrugada Ema despertó escuchando ruidos en la cocina. Las luces estaban encendidas en todo el primer piso y sonó la voz de Marta diciendo —parece que Ema ya despertó—. El día había llegado, partirían antes de que el sol saliera. Ema bajó a saludar y a ponerse rápidamente manos a la obra con la carga de los alimentos.
En pocos minutos ya estaban listos para partir, todo arriba de la camioneta y aun no eran las 6:00 am. Los primeros kilómetros pudieron hacerlos en la vieja Mitsubishi de Marta, un vehículo que avanzaba como por milagro. Adentro de la cabina todo bailaba entre cáscaras de cebolla y frutas aplastadas, al menos la lluvia había servido para lavar la carrocería.
De pronto se detuvieron en un portón de madera, cuando el cielo comenzaba a iluminarse, anunciando la silueta de las montañas a donde se dirigían.
—¡Hasta aquí llegamos en el cacharro! —anunció Marta a viva voz.
Todos salieron de la camioneta y empezaron a ponerse mochilas y bolsas con las vituallas que deberían llevar para la gente del refugio en La Junta. La emoción de los primeros pasos fue tremenda. El frío de la mañana, el contacto de la tierra bajo los pies, cientos de saltamontes saltando a cada paso que daban, las siluetas sombrías de los añosos árboles y el sonido del río, ¡al fin! El Río de Cochamó.
—Puedo escuchar el río— dijo Ema con emoción— y no lo veo, ¿dónde está? ¿qué dice? ¡No siento nada!
—Tranquila… nos queda mucho camino… deja que suceda—dijo Moncho pausando entre respiraciones mientras caminaba.
De a poco los colores comenzaron a aparecer bajo la luz del sol, la naturaleza despertaba levantando un suave vapor desde la copa de los árboles. Ciervos volantes y chicharras jugaban a un costado del sendero. El canto de los chucaos hacía todo más alegre aún, a saltitos por el suelo iban acompañando a los viajeros.
Dentro de toda la belleza del paisaje, el cansancio se empezó a hacer notorio, sobre todo en Ema, que no estaba acostumbrada a subir por estas laderas, ni mucho menos con bolsas grandes de manzanas y zanahorias. Marta notó la cara roja de esfuerzo en Ema y propuso una pausa. Eligió bien el lugar para el descanso, un pequeño claro en altura, frente al río, uno de los pocos lugares en donde se podía apreciar su caudal y colorido.
Moncho ofreció ciruelas y agua, Ema tenía barras de cereal que compartió también en ese pequeño mirador.
—¡Es increíble! —dijo Ema —es como si cada árbol, cada pajarito me saludara, hasta el río que ahora se ve.
—¡Salúdalos también! Así se comienza el diálogo, son buenos modales—dijo Marta mirando el paisaje con una sonrisa, mientras daba sorbos a la botella de agua.
—¡Buenos días, señor chucao! ¡cómo le va, querido árbol! ¡y usted, señor Río, buenos días! ¿tiene algo que decirme esta mañana? —decía Ema jugando, mientras les hacía reverencias a rocas y arbustos.
Todos rieron junto con los juegos de Ema y empezaron a saludarse unos a otros, a las piedras, a las montañas, las flores y las nubes. Así siguieron mientras se levantaban para seguir caminando.
El sendero comenzó a ponerse un poco más complejo, entraron en un bosque de lengas por donde tenían que trepar sobre grandes piedras. Fue necesario soltar algunas bolsas y trabajar en equipo, pasándose los bultos en cadena. En ese momento, mientras Ema se encaramaba sobre una gran roca, sintió un sonido, como una voz indescifrable que le decía algo en medio del murmullo lejano del agua. Quedó petrificada, porque sabía que era el río, pero la había pillado de sorpresa, no estaba preparada y no entendió qué decía. Marta se dio cuenta al verle la cara que algo le sucedía. Ema mientras, miraba para todos lados esperando que el mensaje se repitiera para entenderlo.
—¿Qué pasa, Ema? —preguntó Marta—¿todo bien?
—Sí, todo bien, es que… no sé.
—Vamos, no te detengas, concéntrate, no queremos un accidente acá—replicó Marta sabiendo en el fondo lo que estaba pasando.

Ema continuó el trayecto en silencio, escuchando aquel alboroto de agua que descendía de la montaña, pero de pronto comprendió que estaba pensando en el río, lo imaginaba y eso es justamente lo que no debía hacer. Entonces prosiguió su marcha callada, pero con su mente puesta en ella misma, en el entorno, en su memoria. Sus pasos iban regulares, su pensamiento libre... hojas secas, huellas de caballo en el barro, el sol a través de las copas de los coigües y un murmullo, que de a poco se hacía voz, como la voz de un padre y una madre al mismo tiempo. Dos lágrimas cayeron de los ojos de Ema y un calor comenzó a invadirla desde adentro. Sin detener el paso, siguió escuchando emocionada y con la cara empapada en lágrimas la voz de este río que le cantaba arrullos de infancia, que le decía frases que ella ya había escuchado alguna vez, palabras que ella conocía bien…


—Fue un largo camino hoy hasta acá, pero ya llegamos—dijo Marta sentándose al lado de Ema—y… ¿cómo estás?
—Feliz, muy feliz, pero exhausta, no me puedo los pies, mis calcetines están llenos de estas semillas que se pegan como velcro, y pican.
—Si, son los “Amores Secos”, te ayudo a sacarlos—dijo Marta acercándose a sus pies—¿Y? me di cuenta que el río habló contigo hoy, que pudiste sentir lo que decía.
Mientras decía esto, los ojos de Ema se llenaban de lágrimas.
—El río me hablo, me cantó, sentí hasta como si me abrazara, como cuando me abrazaban mis papás… ¡Gracias! Gracias por traerme aquí—contestó Ema apoyando la cabeza en el hombro de Marta.
—¡increíble! —dijo Marta—este río es como si nos conociera de toda la vida, a mí me contó del sabor de la nieve y de todos los animales que vienen a visitarlo para beber agua fresca en la orilla, hasta que llega al mar.

Esa noche en el refugio había tanta alegría que se hizo una fogata de agradecimiento. El encuentro de los amigos escaladores con los visitantes fue como siempre, una celebración llena de bailes y cantos. Así, como por magia, apareció una guitarra y un acordeón para entonar cuecas y chacareras. Ema bailó y rió como una niña, descalza, junto a sus amigos, hasta que su cuerpo no pudo más. Todos se fueron a acostar temprano, abatidos por un día intenso y lleno de emoción.
La carta para Juan fue terminada a la mañana siguiente, Ema sentada al sol, frente a un río muy conversador, el río de Cochamó.

Capítulo 1 - Argentina

Sierra Embrujada

Juan se levanta temprano porque le toca acompañar a un grupo de turistas que llegó hace unos días a Traslasierra. No mucha gente escucha hablar de Sierra Embrujada antes de visitar esta región de Córdoba, pero una vez que lo hacen, es casi irresistible querer conocer el lugar. 

valle Tras S 1

Las palabras salen siempre lindas cuando intentás describir el paisaje. Por ejemplo: si te imaginás mirando el valle desde muy arriba en el cielo, cada pared de montañas que rodea Sierra Embrujada hace la forma de un cuenco de barro, y las casas de adobe que están adentro reflejan sus contornos en arroyitos cristalinos de aguas bien frías.
La mamá le sirve a Juan una taza de leche y le acerca la mochila donde guardó unas frutas —dos mandarinas, una manzana, dos ciruelas y un durazno— y un trozo de queso de cabra. También puso una botella de agua para compartir con los turistas, porque aunque la caminata no es muy larga, algunas personas no vienen muy preparadas y hay que estar listos para proveer lo que haga falta.


Esa mañana el cielo está casi completamente despejado. Las pocas y dispersas nubes cumplen su rol a la perfección, porque se turnan para pasar por delante del sol y de vez en cuando les dan un respiro a los que viven acalorados en la tierra de abajo. Juan piensa que es una suerte que el cielo esté así, porque va a poder mostrarles con más detalle a los visitantes los paisajes durante la caminata. Él puede distinguir un montón de colores que cubren las laderas, y se pasa las tardes buscando alguna nueva variedad de verde y encontrando la frase más precisa para describirla: verde-de-la-paja-cuando-está-reseca-pero-todavía-no-llega-a-ser-amarilla, verde-brillante-casi-fosforescente-como-escama-bajo-el-agua, verde-de-los-ojos-de-mamá-cuando-el-día-está-nublado, verde-mezclado-con-azul-flor-de-chícharo, y así verde sucesivamente. Hay algunos matices que sólo se pueden distinguir cuando los rayos del sol se encuentran con las plantas, o cuando llueve por un par de días y las hojas están libres de tierra, por eso esa mañana Juan está especialmente contento.


Mientras camina, va repasando mentalmente las recomendaciones que le hizo su mamá: —Tenés que ser amable, hijo, y no apures el paso, porque vos conocés el camino como la palma de tu mano, pero la gente que viene no, y tienen que mirar a dónde pisan. —Acordate de parar a cada rato así recuperan el aire, Juan. Pero no les digas que lo hacés por eso, van a pensar que caminan lento. Vos decíles que es para que puedan mirar tranquilos el paisaje desde los distintos puntos, y para que saquen fotos.


El guía y los turistas quedaron en encontrarse en la casilla de la Dirección de Turismo de Las Rabonas a las seis y media de la mañana. Juan llega unos minutos antes y se apoya en la rama de un árbol que forma una curva desde el tronco hasta el suelo, haciendo como un puente entre la copa y la vereda. Se había quebrado con el viento durante una tormenta, pero el árbol siguió creciendo torcido y ahora sirve de asiento y caballo de madera para los chicos del pueblo.
Los turistas llegan a horario. Juan los mira bajarse del auto uno a uno. Primero salen tres adolescentes.

Los trae una señora que tiene puestos unos lentes de sol negros. No se los saca ni sale del auto, sino que solamente baja el vidrio polarizado de la ventanilla y les dice:
—Bueno, me avisan cuando terminen, eh, yo los busco. Nos encontramos acá mismo. Pero esperenmé y no se vayan a ningún lado raro que después nos desencontramos. Chau, Mati, chau, cuidensé.
Cierra la ventanilla y sigue de largo.

Casi al mismo tiempo estaciona un segundo auto: una pareja con acento porteño se baja con el hijo de unos 8 años. El nene tiene la piel muy clara, pero además su mamá lo había llenado de protector solar y estaba blanco como una momia. Por el otro lado se baja una nena que tiene unos seis años y que está tan inquieta que parece que quisiera ir al baño a cada rato. Antes de cerrar la puerta, ya pregunta si puede hacer esto o lo otro, y llega dando saltitos y pateando una piedra hasta llegar a la rama donde está Juan. Se saca la mano del bolsillo de la campera y la tapa rápido con la otra dejando un espacio hueco entre las dos palmas:
—¿Sabés qué tengo acá?—le dice mientras espía por el huequito con un solo ojo—Un grillo. Porque los grillos dan buena suerte, como en la película de Mulán.
—Ah, mirá vos, no sabía… —responde Juan, que no tiene idea de qué le está hablando.
Por último, Juan ve llegar a una chica caminando que lo saluda y que según lo que le habían avisado, es la última integrante del grupo de paseo. Le dice que se llama Ema y que está viajando sola, quedándose en el camping que está sobre la ruta. Tiene unos veinte años, así que no va a demorar el paso, y parece ser tranquila.

Arranca la caminata. Por el sendero, Juan aprovecha para mostrarles y saludar por sus nombres a las cabras y las vacas que se van cruzando. Eso a los turistas les encanta porque piensan que son como mascotas pero en versión del campo, y la diferencia les resulta graciosa. Los tres adolescentes intentan sacarse selfies con las cabras, pero ellas se asustan y salen corriendo, y el resto del grupo se mata de risa de cómo los chicos intentan perseguirlas sin éxito.
Después de otro tramo más de caminata, el grupo ya está bastante cansado. El señor de la pareja de Buenos Aires se queda atrás y los chicos se empiezan a quejar del calor. Juan les dice que falta muy poco para la parada del mirador, y unos metros más arriba ya alcanzan a ver el pequeño bosque donde el terreno se vuelve algo más horizontal. Los dos más chicos agarran envión y van corriendo pendiente arriba hasta llegar a los árboles. Se tumban en el pasto haciendo muecas exageradas de cansancio mientras los demás los van alcanzando y se sientan, agradecidos, a la sombra.

—¿Qué son estos árboles tan raros?—Pregunta la nena, que se llama Luciana, mientras se sube a unos troncos que había en el suelo para tomar envión y saltar hacia arriba para poder mirar mejor.
—Se llaman Tabaquillos, son árboles autóctonos de acá de Argentina.
—Parece que estuvieran hechos de papel.
—Bueno, los papeles están hechos de árbol, nena, así que no es un gran descubrimiento—Comenta uno de los adolescentes y abre grandes los ojos. Sus dos amigos lo miran y se ríen por lo bajo.
Ema se adentra un poco en el bosque y no presta mucha atención a los demás. Todo el camino había estado bastante apartada, y como distraída. Ponía la vista en el cielo, en los espacios grandes, pero no parecía mirarlos. Más bien, era como que sus ojos descansaban en esos lugares para que sus pensamientos pudieran derivar hacia cualquier otra parte. Juan camina un poco atrás de ella.
—¿Todo bien?—le pregunta.
Ema se da vuelta apenas y le hace que sí con la cabeza, pero no habla.
—Perdón, no quería molestarte. Se ve que estabas muy concentrada. 
Todo parece detenido en ese momento, como si ella o alguna presencia invisible manejaran el ritmo del tiempo.
—Sí, me encantan estos árboles… Tienen algo especial —empieza a acariciar la corteza con las manos—. Es como si tuviera ganas de agarrar un borde del papel y desenrollarlo hasta que se muestre algo, un mensaje, un dibujo, como si adentro hubiera cartas...
—Mi papá dice que todo en la naturaleza tiene cosas guardadas, pero que no hablan de la misma manera que las personas.
—Claro, exacto, yo también creo eso, pero si no hablan como nosotros, ¿cómo hacemos para entender lo que nos dicen?
Juan se queda pensando, pero escucha a alguien desde afuera que grita su nombre. Vuelven y encuentran a los demás sacudiéndose el pasto de la ropa y levantándose del suelo. Juan saca el celular de la mochila y se fija la hora: las 11:30. Qué raro, el tiempo pasó muy rápido.
Aceleran bastante el ritmo para tratar de llegar a horario y que el azote del mediodía los encuentre bajo techo. La botella de Juan está casi vacía, así que la caminata es mucho más liviana, aunque su mamá tuvo razón en ser precavida (como siempre) porque a los turistas les hizo falta el agua. Por fin ve la última curva y a los perros que llegan corriendo. 

casa Luis 3

Luis sale a esperar al grupo junto a la tranquera abierta. Tiene la pava de un lado y el mate del otro, y apoya un codo en uno de los postes de madera que forman la entrada. Cada vez que le da un sorbo a la bombilla es como si su cara se sorprendiera, o como si un viento le estirara la piel y él se volviera más joven. Por eso no es muy fácil saber qué edad tiene, porque los años de vida que aparenta le van cambiando con cada gesto que hace, y a veces parece un viejito muy sabio y otras veces un chico que apenas sale a descubrir el mundo. 

Recibe a los que llegan con una sonrisa que muestra los dientes, y ellos la agradecen como si fuera, además de un saludo, una felicitación por el esfuerzo de haber llegado. Pasan primero los tres compañeros de escuela, que se apuran a sentarse en los bancos de abajo de la galería. El resto llega al mismo tiempo: el matrimonio de Buenos Aires con el niño del protector solar y la que resultó ser su sobrina, y apenas más atrás, Ema y Juan. Luis pregunta qué tal estuvo el paseo mientras extiende un mate. Los adolescentes ya sacaron las cartas de truco y están buscando a un cuarto integrante para jugar una partida doble. La mamá busca otra vez el filtro solar y empieza a renovarle la dosis a su hijo, que acepta resignado. Luciana se acerca a su tío y le cuenta que se las ingenió para que su grillo sobreviviera todo el camino, y le dice que ahora lo va a llevar a tomar un poco de agua y buscar unos pastitos para darle de comer,
—...porque a los grillos, si no les da uno la comida, se empiezan a pelear entre sí y se arrancan las piernas, y son re peleadores, tanto que en Tailandia hacen peleas de grillos, y los ponen en unas jaulas chiquitas, y apuestan a ver quién gana, pobrecitos, ¿no? Además...
El tío se harta de la conversación de su sobrina y, a modo de escape, decide sumarse a la mesa de las cartas. En eso, mientras revuelve la salsa, Luis avisa que la comida va a estar lista en más o menos una hora y que ese rato es un momento de descanso.

En un declive del terreno hay dos hamacas paraguayas colgando de tres árboles —comparten el tronco del medio— y que están en el camino que baja al arroyo, ubicado todavía más abajo. Aunque desde ahí no se puede ver, se sienten su olor y su murmullo. En una de esas se sienta Ema y saca de su mochila una libreta que tiene enganchada una lapicera. Con la nariz casi pegada a la página, empieza a dibujar una letra tan chiquita que parece un alfabeto inventado por ella. Es, en realidad, un listado de ciudades, y después, empiezan a ser las líneas de un mapa. Escribe sobre los lugares a los que piensa viajar en los próximos meses, tratando de definir su itinerario: quizás primero Chile, después Perú y de ahí por el norte argentino hasta cruzar a Uruguay… después capaz Brasil… 
La mamá —que ya terminó de embadurnar a su hijo— comienza a llamar a su sobrina para proceder a hacer exactamente lo mismo con ella. La llama varias veces y como no tiene respuesta, se inquieta:
—¿Alguien vió a Luciana?
—...
—Tranquila, no puede haber ido muy lejos... —comenta Luis.  
—Recién estaba conmigo, dijo que se iba a darle de comer a su grillito— se ataja el esposo mirando por arriba de las cartas.
Ema deja su libreta a un lado y dice:
—Yo la voy a buscar, me parece que la vi yéndose por el camino por donde vinimos.
—Te acompaño—le dice Juan. 
Y salen los dos tras los pasos de Luciana, que por lo visto había avanzado bastante, porque no se la ve cerca. Después de cruzar la pendiente que sube hasta el camino principal, todavía no hay rastros de ella. Los costados del camino están llenos de pajonales, altos y tupidos, y a Juan se le ocurre que quizás Luciana está escondida detrás de alguno, queriendo hacerles una broma. Comenta en tono exageradamente alto:
—¿Dónde estará Luciana, che? ¡No la veo por ninguna parte! ¡Qué bien que se escondió!
Ema entiende su intención y le sigue el juego:
—¡La verdad que ni idea, Juan! ¡Yo tampoco la veo por ninguna parte! ¿Dónde se habrá metido esta niña?! ¡Luciaaana, Luciaaaaana! 
Pero no escuchan respuesta, ni tampoco algún ruido que les indique que Luciana está cerca. Siguen caminando mientras tratan de no pasar por alto ningún lugar por donde podría haberse ido. La llaman. La llaman más fuerte. Cuando ya se aturden con sus propias voces, deciden hacer silencio un momento y seguir mirando. 

Al ratito, escuchan una voz lejana que responde: 
—¡Acáááá! ¡Ayuuuudaaaa! ¡Estoy en el bosquecito!
Los dos se miran y se precipitan corriendo hacia allá. Encuentran a Luciana llorando, trepada a un árbol que tiene un hueco y con un brazo metido dentro, como si hubiera querido agarrar algo que se había caído. Cuando los ve, la niña se tranquiliza, pero empieza a hablar sin parar:
—Es que mi grillo de la suerte se escapó y yo lo corrí por todos lados y después llegamos acá y él se escondía entre los troncos... 
—Calmate, calmate Lu, tranquila, después nos contás bien —dijo Ema—. Ahora veamos con qué te trabaste el brazo.
—¡Es que no me lo trabé!!! No lo puedo sacar, pero no hay nada que me esté agarrando, ¡este árbol es muy raro! 
Juan observa la situación tratando de entender lo que está pasando. El grillo salta desde una rama alta y se apoya en el hombro de Luciana, pidiéndole perdón con su cri-cri por haberla puesto en esa situación. Ema se estira un poco para mirar y, efectivamente, comprueba que no hay nada que retenga el brazo de Luciana, quien vuelve a tirar con fuerza hacia atrás. En respuesta, las distintas capas de la corteza del tabaquillo cobran movimiento y se aferran al brazo con más fuerza. Luciana grita. Ema se sobresalta y se echa hacia atrás. Sin pensarlo, la boca de Juan repite: -La naturaleza tiene cosas guardadas, pero que no hablan de la misma manera que las personas… Ema reconoce la conversación de esa mañana y continúa la frase: -Si no hablan como nosotros, ¿cómo hacemos para entender lo que nos dicen?... El grillo empieza a cantar tan fuerte que Juan tiene que gritar por encima de él para que las chicas entiendan sus palabras:
Toda Sierra Embrujada es un espacio mágico, donde la naturaleza se protege de las personas que intentan dañarla…
—No entiendo nada de lo que están diciendo. 
—¿Te acordás de algo especial?, ¿algo que hayas hecho antes de que el tronco te atrapara el brazo?
—¡No!, sólamente estaba muy enojada, porque no encontraba a mi grillo…
—¿Y...?
—Bueno... empecé a romper las hojas de los árboles...— le empieza a dar vergüenza y se da cuenta de lo que pasa—...también pisé unas ramas y rompí las cortezas que estaban en el suelo…
Ema se vuelve a acercar al tronco donde está aprisionada Luciana y lo revisa en detalle. Se fija si hay algo que destaque, un indicio, una marca por donde buscar la solución. En eso, el grillo detiene su canto aturdidor. Con el silencio recobrado, a Ema le parece escuchar un susurro lejano y acerca su oído todavía más al tronco del tabaquillo. Juan también se acerca y empieza a acariciar cariñosamente los pliegues de la corteza. Ema cierra los ojos y, con un costado de su cara apoyado en el tronco, entra en un estado de concentración extrema. Suspira dos veces, dos grandes y sonoras bocanadas, y empieza a tararear una melodía que parece repetir lo que alguien le dicta desde el interior: 

MAMPA MAMPA MAMPA SACAT
MAMPA LENIN, UÑAPA SAN
UÑAPA MAMPA, MAMPA SAN

Al ver a Ema como hipnotizada, Juan y Luciana deciden seguirle la corriente. Las palabras no significan nada para ellos, pero cuando juntan sus voces, se parecen al sonido del viento que sopla entre los árboles. La melodía se repite una y otra vez:

MAMPA MAMPA MAMPA SACAT
MAMPA LENIN, UÑAPA SAN
UÑAPA MAMPA, MAMPA SAN

En ese momento, una ráfaga de aire trae una nube que se ubica justo sobre el bosque de tabaquillos, dejando caer unas tímidas gotas. Luciana siente que el brazo se le empieza a aflojar y que, al contacto con el agua, la corteza retrocede. El árbol se vuelve maleable y abre un espacio para que la niña pueda liberarse. Cuando lo hace, ella canta con más entusiasmo y el grillo, que se mantiene sobre su hombro, disfruta de ese momento. Cantan los tres juntos, celebrando la lluvia que es como un regalo a esa hora del día. Repiten las palabras y la melodía como una oración, viendo cómo hace efecto sobre ellos mismos y sobre las cosas. Sienten que ese canto los une al paisaje; hablan en ese momento, un mismo idioma. Sin cansarse, dejan que sus cuerpos bailen suavemente, como los arbustos que rodean los tabaquillos. Cantan y los troncos de los árboles resuenan con ellos. 
Cantaron por no se sabe cuánto tiempo, hasta que empezaron a sentir unas voces que los llamaban desde afuera.  Luciana, Ema y Juan se miran emocionados y sin decir nada, sellan un pacto de silencio entre los tres. ¿Quién podía entender lo que había pasado? ¿Qué había pasado realmente?
El resto del grupo, guiado por Luis, había salido a buscarlos, preocupado por la tardanza. Los tres responden al llamado y se dirigen por el camino que lleva de vuelta a la casa de Luis. Pero antes, cantan una vez más la melodía y Juan coloca dentro del tronco algunas cortezas que estaban por el suelo, haciendo una pequeña ofrenda.
Apenas la ve, el niño que parece una momia corre a darle un abrazo a su prima y le dice que le deja la cama alta de la cucheta. Luis les explica que salieron a buscarlos porque no querían comer hasta que no estuvieran todos. Regresan a paso rápido y sólo se escuchan los retos de la tía de Luciana.  

****

En el río, los tres adolescentes se tiran a la parte honda haciendo caras desde una piedra y el matrimonio toma sol sobre un ínfimo pedacito de arena. Luciana está sentada con su primo, un poco alejada del resto del grupo, a la sombra y con el grillo entre las manos. En eso, Juan aprovecha para preguntarle a su papá:
—Papá, ¿qué significa mampa? 
Luis mira con ternura a su hijo y le acaricia la cabeza:
—Significa agua que corre en la lengua de los antiguos pobladores.
Juan se deja acariciar y levanta la cara hacia el sol con los ojos cerrados. Mil soles se encienden dentro suyo, brillando en la oscuridad y dispersándose desde la frente hacia todos lados, como formando pétalos de diente de león. No sabe si es verdad o si lo está imaginando, pero le parece escuchar a su papá que, mientras se aleja, tararea la melodía que hace un rato cantaron juntos con Ema y Luciana. No dice nada. Prefiere dejar que el canto siga sonando con el viento de la tarde.
Cuando Ema lo ve, va a sentarse a su lado y le da un dibujo hecho en una hoja arrancada de su cuaderno. Es una vista general del valle y en una esquina, tiene la fecha de ese día y su firma. Juan le agradece contento y le dice que lo va a colgar en la pared de su cuarto. En silencio, se quedan mirando el río que baja por la montaña. Ema dice que cuando mira el paisaje le dan ganas de caminar, para ver los lugares en donde el agua desemboca. Y que Incluso al final, siempre hay otro camino por seguir, otro río del que encontrar su fuente. Juan la mira sonriendo, y le señala un panadero que está justo al lado de ella.
—¡Pedí un deseo!—le dice. 
Ema se inclina y sopla con los ojos cerrados, igual que como había hecho en el bosque de tabaquillos. Las semillas del diente de león se esparcen por el aire, blancas y livianas, y los chicos las ven viajar, promesas de flor en otros suelos. 
—¡Voy a escribirte sobre mis viajes, Juan! ¡Voy a mandarte mis dibujos y mis cartas!

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